La Fundadora Brígida nace en el castillo de Finsta (Suecia), el año 1303, cerca de Uppsala, era la mayor de los hijos de Birger Person. Birger Person era una de las personas más poderosas de Suecia, miembro del Consejo Real y ministro de gobierno, bajo su guía se llevo a feliz término la nueva redacción de la ley de Uppland, apreciada tanto por su competencia en el campo jurídico, cuanto por su gran dominio del lenguaje. Su madre Ingeborg Bengssydoter dama distinguida y emparentada con la dinastía reinante de los Fonkunt. Pero fallece cuando Brígida tenía once años, deja dos hijas: Brígida y su hermana más pequeña, Catalina. Siguiendo la costumbre de aquellos tiempos, su padre, a los quince años, la da en matrimonio a un joven noble, cristino y sabio, llamado Ulf; no eran sus ideas las de contraer matrimonio, pero ante los deseos de su padre obedeció. Tuvo que ir a vivir al castillo de Ulfasa, donde se encontró con una vida bastante regalada y lujosa y con mucha responsabilidad para organizar y mandar en aquellas costumbres cortesanas. Eran tiempos difíciles en la historia de Suecia. Su esposo pronto comprendió los valores con que estaba colmada su joven esposa, su carácter y fortaleza de ánimo para estar siempre al lado de su esposo y orientarlo en los momentos duros. Su austeridad y mortificación contrastaban con la riqueza y ostentación que reinaba en la nobleza de Uppsala. Llamaba la atención la amabilidad y dulzura con que trataba a sus huéspedes y a la servidumbre. Cuando el esposo le ascendieron a Consejero del Reino, Brígida, tuvo que hacerse cargo del gobierno de la Provincia y hubo de estudiar a fondo las leyes suecas y romanas. A ello le ayudó mucho la lengua latina que había aprendido de jovencita. Con todo, Brígida no abandonó su vida de austeridad y entrega a las cosas divinas. Brígida se había casado por obedecer a su padre y había comenzado una nueva vida de responsabilidad en la obediencia. Para ella “la obediencia era un deber que venía de Dios”. Fue el hilo conductor de toda la vida de esta gran mujer. Su matrimonio fue feliz y lleno de armonía, bendijo el Señor este hogar con el nacimiento de ocho hijos, cuatro niños y cuatro niñas que llenaban el castillo con sus risas y algarabía infantiles, dos murieron de corta edad. El rey de Suecia y Noruega, Magno II, le pidió a Brígida que actuara como principal Dama de honor, pues esperaba la llegada de su prometida, la hija del conde de Flandes. Quería el rey una persona de gran integridad, inteligente y adornada con las cualidades de una señora, esposa, madre y dueña del hogar. Esta mujer era Brígida, que además estaba emparentada con la familia del rey. Gozaba de la admiración y respeto de todos los cortesanos. Su ayuda iba a ser incalculable para una joven reina, casi una niña, que venía de un país extranjero. Así el otoño de 1335 se trasladó al castillo de Bahus en Estocolmo. Santa Brígida peregrina El siglo XIV fue pródigo en peregrinaciones para muchos nobles. En el verano de 1341, los esposos Ulf y Brígida hicieron el voto de ir en peregrinación a Santiago de Compostela. Se retiraron de sus deberes públicos y los dos esposos decidieron dedicarse únicamente a Dios, al alma y a la eternidad. Para entonces Brígida se había entregado intensamente a la lectura y estudio de la Palabra de Dios. Veremos que la fuente de sabiduría iban a ser las Sagradas Escrituras. Tanto amó a la Biblia que la consideraba como un octavo –sacramento-”La predicación de la Palabra de Dios”. Iniciaron su peregrinación a Santiago de Compostela a comienzos del verano de 1341. Tal fue el impacto que les produjo esta peregrinación que, a su regreso, los dos esposos se pusieron de acuerdo para ingresar en una Orden religiosa y dedicarse a la vida de la contemplación, oración y sacrificio. Para entonces la salud de Ulf se había resentido mucho y en febrero de 1343 murió en el monasterio de Alvastra (Suecia), en la Orden del Císter. Brígida una vez viuda, obtuvo del Señor unas maravillosas experiencias místicas. De nuevo la obediencia a Dios la hacían caminar por senderos desconocidos; la fundación de una nueva Orden religiosa. Con la ayuda de los Padres de Císter redactó una primera regla, hacia los años 1347 al 1349. Serán enteramente contemplativas, con ansias de renovación, reparación y un gran amor a la Iglesia. Para ello, los reyes le hicieron una donación de ciertos terrenos, propiedad real, en Vadstena (Suecia), junto al lago Veter. Brígida buscaba ahora apoderarse del ardor de la abnegación y de la disciplina severa monacal. Es como si el deseo de toda una vida se hubiese finalmente realizado al sentarse en la sombra de los austeros ladrillos del monasterio. Distribuyó entre sus hijos y los pobres su cuantiosa fortuna, se libró de los lazos del mundo y siguió pobre a Cristo. Para sí conservó un mísero vestido y los medios más simples de sustento. En agosto de 1349, el papa Clemente VI publica una Bula anunciando el Jubileo de 1350 y llamando los fieles a Roma. Brígida, por inspiración divina debía ir a Roma a ganar el Jubileo. Mucho le costo dejar Suecia, su patria querida y mas todavía dejar a sus hijos queridos, su hogar y su castillo. Parte por fin a Roma en otoño de 1349, acompañada de sus confesores y peregrinos suecos. Precisamente durante su estancia en Roma es cuando Brígida siente más dolorosamente la ausencia del Papa residente en Aviñón. Hacía 40 años que el Papa había abandonado la ciudad de Roma y residía en Aviñón. Los Estados de la Iglesia en Roma estaban completamente abandonados. Crecían toda clase de abrojos sin que la mano cariñosa limpiase y adecentase estos lugares. La ciudad estaba dividida entre querellas y batallas sanguinarias. La peste diezmaba las familias. Desde entonces el drama de la Iglesia de su tiempo va a ser la obsesión constante de su vida y de su trabajo. Trabajó lo indecible bajo la inspiración divina por la vuelta del Papa a Roma, sus avisos, las cartas enviadas al papa residente en Aviñón no dieron los resultados deseados. Brígida multiplicó sus austeridades, oraciones y penitencias hasta el extremo. Al fin, Brígida pudo establecerse cerca de “Campo dei Fiori”. Allí vivió casi 25 años de su vida y allí murió. Hoy conocemos esta casa bien conservada, como la casa de Santa Brígida, dedicada a las obras de ecumenismo y hacer de puente entre los Países Escandinavos y la Capital de la Cristiandad. En este lugar, relicario sagrado para las hijas de la Santa es donde recibió las más valiosas experiencias místicas y luces divinas que fue escribiendo para la posteridad. Entre ellas son dignas de mención los “Discursos Angélicos”, que escribió en honor de la Vírgen María, reconocidos unánimemente como obra maestra de la literatura del siglo XIV. Una de las más amplias revelaciones que Brígida recibió en Roma se refiere a la fundación de una nueva Orden, de sus monasterios, en el que la vida debe transcurrir según la nueva regla que el mismo Cristo le dictó. En el primer capítulo dice así: “Quiero instituir esta Orden en honor de mi amadísima Madre, te expondré enteramente con mis palabras su institución y sus Estatutos”. En los treinta capítulos que siguen se describen: La vida en los monasterios, su organización, el modo de recibir a las monjas, cómo Brígida recibió la Regla y cómo ésta debe de ser aprobada por el papa. El fundamento de la vida en el monasterio es la exigencia general para toda VIDA MONÁSTICA CRISTIANA: Verdadera humildad, pura castidad y pobreza voluntaria. Cuando las monjas no están ocupadas en los oficios sacros o en el estudio o la lectura espiritual, deben trabajar con sus manos para cubrir los gastos del monasterio y para socorrer a los pobres e indigentes. Todos los años harán el cómputo de los gastos y lo que sobra lo repartirán entre los más necesitados del lugar. Vivan en suma pobreza y no acumulen dinero ni cosas superfluas. El silencio debe reinar en el monasterio, reservándose dos tiempos de recreación después de la comida y después de cenar. Los ayunos, mortificaciones y penitencias según mande la Santa Madre Iglesia, con todo, deben se efectuados con sabiduría, prudencia y moderación, de manera que el cuerpo esté dispuesto siempre para atender a los oficios corporales con fervor y puedan vivir entre los trabajos del monasterio con sana alegría. El hábito monacal será el tradicional en cada época y lugar donde está enclavado el monasterio. Con permiso de la Madre Abadesa cada monja tendrá lo necesario para su uso personal. Procure cada una no extralimitarse y tener solamente lo necesario, utilizarlo con sencillez de espíritu, mortificación y austeridad. Después de esta gran revelación sobre la Regla de la Orden, Brígida recibió muchas otras visiones menores y complementarias referentes a la vida práctica y espiritual de las Ciudades. Nuevamente el Señor le demuestra a Brígida que debe peregrinar a TIERRA SANTA. Este viaje supuso a la Santa grandes sacrificios. Tenía entonces cerca de 70 años. El viaje por mar fue agotador. Su estancia en Tierra Santa reanimó su espíritu. Ella nos cuenta sus impresiones y experiencias místicas recibidas en este santo recorrido con una precisión incorporable: Jerusalén, Monte de los Olivos, Vía Dolorosa, Santo Sepulcro, Belén, Nazaret, Cafarnaúm, Lago de Tiberíades. Fueron cuatro meses de intimidad creciente con Cristo, Dios y Hombre; doliente y crucificado. El alma de Brígida se encontraba ya saturada de devoción y amor a la Pasión de Cristo. Sus escritos hablan de estas etapas y en su nueva Orden implantó este carisma sobre la Pasión de Cristo. Para entonces se encontraba agotada físicamente y con síntomas de una grave enfermedad, de la que nunca pudo recuperarse. Sabía que su gran misión llegaba a su fin. De regreso a Roma continuó en lo posible con su vida de penitencia, visita a los hospitales. Sus últimos meses fueron de una entrega total en las manos de Dios. Cinco días antes de su muerte se le apareció el Señor ante el altar de su aposento y con rostro radiante le dice: “Prepárate, porque lo que te he prometido se va a realizar pronto. Te vestiré de monja ante este altar. Serás conocida en el mundo como fundadora del Monasterio de Vadstena (Suecia) y de la Orden del Santísimo Salvador. Morirás aquí en Roma, y tu cuerpo permanecerá aquí hasta que esté preparado un lugar en tu propio país”. |